martes, 12 de octubre de 2010

Llegó un día en el que todo estaba al alcance de su mano, todo. Todos le pertenecían, no tenía que mover un dedo. Con miradas podía manejar su mundo, así era ella. Pero en un soplido de viento las cosas cambiarían, o quizá no. Me pregunto continuamente si es que la belleza de su cuerpo y su sublime cara podían llegar a cautivar a aquella marabunda de gente que la seguía, que observaba cada movimiento como si fuese una aurora boreal, como unas estrellas en un baile cósmico. Increible.
Una noche, después de una larga pero divertida fiesta decidió volver a casa. Para ello sólo debía negar levemente con la cabeza, quería estar sola. Era un día lluvioso, ambientado en película casi, por eso quería ir sola, para creerse más protagonista si cabe. Entre las calles de aquella ciudad se sintió perdida, perdida sin capacidad de encontrarse, cogida fuertemente a su paraguas y ajustando su capucha, por el frío. Las mangas le venían grandes, sentía las medias mojadas, además de rasgadas por aquellos rasgos de moda que tanto daban que hablar a las edades más grandes. Sus ojos desmaquillados ya, con negro por todas partes, los labios rojos pasión, casi intactos, pues como la princesa de su maquiavelica historia, nunca besaba a nadie, sólo movía, hacía y deshacía a su antojo, pero con los demás, como su caja de muñecas. Sus botas estaban empapadas, sentía el frío en los pies, casi congelados. Se erizó, se notó en su camisa blanca, casi transparente por la lluvia. Aun teniendo frío, no se abrochaba la chaqueta, la moda le podía, suelta, sexy, con frío.
Su piel blanca destacaba con aquella chaqueta de cuero negro, se mordió los labios. Su pelo dió un breve movimiento ladeado para que sus ojos quedasen a vista de una luz. El faro de un coche la iluminó. El hombre que estaba dentro la vió, su cabeza de llenó de ideas que preferiría no contar, se relamió y siguió su camino, casi sin mirar la carretera, échandola ya de menos.
Corrió a leves saltos entre los charcos de la calle y llegó a una antigua iglesia. Su calle pasaba por el lado, con jardín cercano, oscuridad, lluvia. Sonrío. Caminando por el callejon, sin gente, se arregló la capucha de la chaqueta, sin deshacerse el pelo prácticamente. Derrepente, sintió un tirón en el paraguas.
El corazón le palpitaba con rapidez, sin la gente se sentía desprotejida, su belleza abismal esta vez sólo hacía el papel de debilidad, el deseo podría al hombre que le cogiese el paraguas, porque estaba segura de que era un hombre. Le temblaron los pies, en segundos pudo ver como sin aquel mundo al que controlaba, no era nadie...no era nada. Se giró, fuertemente y temerosa del futuro, pero no había nadie. Sólo había sido un soplido de viento que se había llevado su seguridad..

1 comentario:

  1. felicidades mari pili por tu tan ansiada "independencia".Y cuidado con esos soplidos de viento son tannnn inoportunos......
    Petonets.

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