- No era consciente, dios claro que no era consciente. A veces se me nubla la vista, derrepente, por que sí, de pensamientos negativos. Y es estúpido, es estúpido porque son cosas que ya he aprendido. Creí que, durante un tiempo, me oscurecí y pasé a una capa más...la llamaremos sucia. No me sentía cómoda de esta manera, no era feliz. Había algo que no funcionaba, y como viene ya de por sí en los humanos, eché la culpa a los demás. Creé miles de problemas a las personas que más cerca tenía. Y un día me desperté, sin más culpas que echar. Me miré al espejo y me pregunté mil y una veces qué pasaba. Qué estaba ocurriendo. Y se me olvidó que era de plastelina. Se me olvidó cómo moldearme y me hundí en un mar de lágrimas. Cualquier fallo que me viese me echaba más abajo, intentaba no pensar en ello, en los fallos, pero no dejaban de intentar salir. Necesitaba vomitar. Una noche me ayudó a hacer un batido de todo lo que pasa en el mundo, de la suerte y la desgracia de vivir. De todo lo que tenemos y de lo que carecemos. Y... Simplemente me volvieron las ganas de todo. Qué rara soy, ¿verdad?
- No lo sabes tú bien, que soy yo quién te aguanta - reí observándola asustada, aunque sonriente. - pero bueno. Ahora tienes ganas de todo, ¿no?
- Sí - me abrazó - Algun día se me olvidará cómo recordarte que me gusta como eres.
- Sólo espero no vivir para entonces...
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