
Nunca pensé que me fueran esas cosas. O quizá sí lo sabía y no quería reconocerlo. Vivo en una pecera, dónde sólo hay cuatro castillos y dos peces más. Cada tres segundos me aferro a un pez, o a un castillo. Es lo que dura mi memoria. Mi cerebro me engaña contínuamente, de este modo, nunca sé que pienso o qué quiero. Soy consciente de que no hay un ciclo, pero me doy cuenta que el intervalo entre los primeros tres segundos y los segundos tres segundos, no enganchan bien. Esa memoria, de un segundo, no sé que pasa con ella. A veces se almacena y luego los segundos de memoria se mezclan y oigo un sonido raro en mi cabeza. Como interferencias. Es raro, porque al fin y al cabo, no soy un robot, soy un pez.
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