martes, 27 de julio de 2010

Creo que va en la adolescencia, eso de sentirse diferentes a los demás y luego darnos cuenta de que somos uno más. Somos un grupo de mases, grupos separados y esparcidos en el mundo para sentirnos diferentes, pero somos iguales, muy iguales. Cuando llega el momento en darnos cuenta de esto, nos sentimos mal, al menos la mayoría. Buscamos siempre un lugar donde ser aceptados tal cual somos (ideas que vienen de padres, madres, hermanos, amigos, sociedades y peliculas en general), aceptados como somos, diferentes y únicos, para un ápice que se nos regala de autoestima, por el camino lo perdemos consiguiendo ser aceptados, pero eso sí, perdiendo, si es que alguna vez la tuvimos, nuestra autenticidad y nuestra forma de ser diferentes. Porque cuando un niño se sintió diferente por leer cómics, había otro, a no sé cuantos kilómetros que se sentía igual, como aquel que era aclamado por meter un tanto en basquet, o el que llegaba segundo a la meta y era apoyado por sus compañeros, o al que pegaban. Ninguna de esas cosas te hace único o especial, sólo te marca. Te marca y te forja como persona, pero, ni así, somos diferentes. Ni especiales. Seguimos en una igualdad, que con la edad, incrementa y sólo se diferencia por el poder y el dinero, ¿Triste verdad?

Así es la realidad.

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