viernes, 30 de julio de 2010


Sonreí. Sonreí mirandote de reojo, feliz. Pensé en muchas cosas, en ti, en mi, miré al mar. Suspiré y recorrí la piedra, con mis dedos, mis yemas, sitiéndo el calor en mi piel. Tropecé con tu mano, qué casualidad. Sonrojada, te miré, finjí.
- P-perdón - aparté la mano.
Sonreiste, sonreiste para mi, conmigo, porque yo dentro sonreía. Tu mano flotó, tu tenías otro estilo, flotabas en el aire, a cámara lenta, te gustaba hacerme esperar, pero llegaste. Cogiste mi mano, sin tropezar, sin dudar, sin timidez.
- No te perdono - tu sonrisa se relajó, y se quedó en un no sé que, que por cierto, era encantador.
Sonreí, miré a otro lado, haciéndome la avergonzada y pensando que, por fin, estabas ahí, conmigo, junto a mi. ¿Os ha pasado alguna vez, que el tiempo se para, y veis las cosas desde fuera, con toques de imaginación, con adornos, pensando que todo es en tercera persona, que... de la nada, sale una música que envuelve una escena, y tienes ganas de hacer cosas, cosas que no harías si en ese instante no ocurriese eso? Pues pasó. Sonó la música en mis oídos. Al principio suave, como un susurro que me pedía que me acercase, que te hablase, que te pidiese lo que más quería. Y fue subiendo el tono, cada vez se parecía más un grito, un grito desesperado, del corazón, del que sufre esta espera eterna, porque te encanta hacerme esperar.
- Hm... - miré al mar, sin saber cómo gritarte lo que la música me pedía.
- ¿Pasa algo? - me miraste con esa mirada inocente tan típica de ti, de chico bueno, de labios dulces, de ojos sinceros.
- N-n-nada, no pasa nada - sonreí sin ganas, no sabía cómo decirlo, así que no dije nada, pero sabía que había encendido aquella cadena de preguntas, que hasta que no te dijese qué pasaba no pararías, porque me leías, leías mis ojos y sabías que pensaba, pero querías que lo dijese, te encantaba que te dijese las cosas, aun sabiendolas a la perfección.
- Dímelo - seguiste con tu mirada fija y tu sonrisa, tu melosa sonrisa.
- N-no es nada - finjí, finjí mal, tu maldita mirada miraba dentro de mi, no podía finjir, veías mis mentiras.
- Venga, dímelo.. - ladeaste la cabeza, mostraste tu dulce, blanca y suave piel. Quería acariciarte, sentirte, besarte.
- No es nada, ¡de verdad! - la mentira se hacía más grande y evidente, negé con la cabeza para apoyarla, pero tu mirada la derrumbaba.
Te acercaste, sabías que me intimidabas, que destrozabas con tus ojos esa mentira. Y tu mano voló, tu otra mano, esa que estaba en el punto muerto de mi vista, voló y rozó mi cara. Punzaste mi corazón, iba a cien y mil por hora pero intenté calmarme. Se quedó ahí, parada en el tiempo, tu mano, junto a mi cara y dejando mi corazón casi en coma. Bajé la mirada, como si una bajada me diese fuerzas para remontar, respiré, respiré hondo y derrepente, sin que te diese tiempo a reaccionar, te besé.
Tus labios eran tan suaves, húmedos, tiernos. No quería parar, nunca. Me acerqué y mi mano, ésta vez mi mano, voló, y planeo sobre tu cuello hasta llegar a rozarlo, para entrelazar mis dedos con tu pelo. Te acercaste, tu mano voló hasta mi cintura, y así nos encadenamos. Nos unímos, nos besamos y no quise que acabara, no lo quise, ni lo quiero. No pares de besarme, por favor, susurró la música en mi oído, mientras mi corazón no dejaba de bombear gritos de emoción..

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