sábado, 21 de agosto de 2010

Y siento una vez más esta presión en el pecho, este no sé qué que crea una rabia incontrolable y sólo liberable a través de unas pocas lágrimas, o muchas, supongo que depende del agua que me quede en el cuerpo, que ahora mismo, es mucha. Me giro y sólo veo el techo, tan blanco, tan fino. Quiero tocarlo y estiro los brazos, un casco cae en el colchón. Cierro los ojos, suspiro y vuelvo a colocarlo en su lugar, y entonces pienso que, de alguna forma, el mundo trata de desafiarnos, la vida o lo que sea, intenta ver cómo reaccionamos a cierta acción que, en ese momento, es molesta. Yo, que sólo quería imaginar que mis manos rozaban ese liso techo, sentirme libre de hacer cualquier cosa, aunque fuese imaginaria y entonces, ahí estaba, el casco que cayó, el pulso a mi reacción, a mí misma. Ésta vez no quise darle el gusto al destino, y simplemente volví las cosas a su lugar, pero alguna vez me ha pasado que el pulso era repetitivo, éste casco caía demasiadas veces y me cansaba y lo que es peor, dejaba el mp3. Me rendía. ¿Ante qué? Como diría cierta persona famosa en mi vida, se empieza por no hacer la cama y se acaba siendo asesino. Así que empezamos por dejarnos vencer ante ese pequeño pulso del rendirnos ante un casco constantemente insistente a volver al colchón -véte tu a saber si está más cómodo- y es entonces cuando tenemos que volverlo a colocar a su lugar o dejarlo donde está, difícil elección. Se cruzan intereses diferentes, elegir. Pues hoy, hoy voy a dejar el casco, hoy voy a dejar que descanse y me voy a leer.

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