domingo, 25 de septiembre de 2011

Un lugar con tanto espacio, tan grande y luminoso. Te levantas y hay dos grandes ventanas que te hacen llenarte los pulmones de aire cuando te asomas. Las dejas siempre que puedes, abiertas, porque te dan libertad, aunque también frío.
Te bañas, con agua muy caliente, casi quema. Te hundes en el agua y piensas. Pasan los segundos y vuelves a la superfície. Mueves los pies y cae aquello que parece una medusa. Piensas en la película que viste no hace mucho. Recuerdas tu cama, el sol, tus padres... Vuelves a sumergirte y empiezas a enjabonarte el cabello. Te lavas con agua fría, para contrarestar. Hace unos días que estás escuchando la música de un viejo juego. Suena siempre un o dos pianos, no sabes decirlo, porque aunque la escuchas, no sabes cómo van los pianos. Sales y hace frío, pero estás bien. Vuelves a ese enorme salón, vacío. Y te sumerges entre letras, para que el tiempo no pase tan lento. Te pasas el día pensando en cosas neutras. Piensas en el color de tus días, gris. No estás deprimida, ni contenta. No le encuentras la gracia a las cosas que hace unas semanas sí la tenían. Y supones que es uno de esos tiempos con viento nuevo, del frío, que te hiela la cabeza y deshace las cosas viejas. Supongo que nunca dejamos de madurar, pase lo que pase. Pero cada vez que sufres el proceso, es más interesante y diferente que el anterior.

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